Parece mentira, pero ya ha empezado la cuenta atrás para la Navidad. Es extraño porque como contaba ayer mismo, este año el verano se resiste a que lo perdamos de vista, y aunque el calendario lo ha echado hace casi un mes, nos sigue rondando con mucho sol y pocas lluvias, que fueron un espejismo días atrás. La Navidad empieza a pugnar con el verano por conquistar nuestras calles, y si este último intenta quedarse fuera de fecha, aquella empieza a apretar fuerte antes de tiempo. Las calles empiezan a oler a ella, y uno se siente fuera de lugar porque todavía va en pantalón corto, y las únicas navidades en pantalón corto que conoce son las que se celebran en el Hemisferio Sur, donde ambos prefieren compartir las calles antes que pelearse por ellas. Como digo, ya empieza a oler a Navidad, y esta vez no es por culpa de los grandes centros comerciales, que cada año intentan adelantarla para que también adelantemos nuestras compras, es por los puestos de castañas. Es cierto que estos puestos no son exclusivos de diciembre, pero es que cada vez los ponen antes, y este año vi los primeros hace ya quince días. El olor a castañas asadas me recuerda que estamos cerca de guardar la manga corta y sacar los abrigos, que los días son cada vez más oscuros, que pronto llegará esa tarde que de golpe perderá una hora y que no tardaremos mucho en ver las tristes calles vacías de gente. Un día miraremos al cielo y todo esto habrá llegado de golpe. El olor a castañas asadas me recuerda también a Navidad y a vacaciones, a reuniones con los amigos y a comidas familiares, pero eso todavía lo veo muy lejos. Sin embargo ahora veo muchos más contras que ventajas, así que no quiero ver las castañas ni en pintura. Parece que hay mucha gente que no está de acuerdo conmigo y están deseando hacer cola para comprar un cartucho de castañas calentitas, aunque sea en pantalón corto. Solo espero que el tiempo no cambie mientras están en la cola, porque les va a pillar sin la rebequita.
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