Suenan campanas de boda y no es una forma de hablar. Se oyen campanas y sí sabemos dónde, aunque poca gente hace caso a su tañido por muy cerca que lo tengan. Suenan campanas que nadie escucha y que anuncian calor y cansancio, pero al calor y al cansancio se le hace igual caso que a las campanas, porque las risas y los abrazos suenan con más fuerza, haya sombra o sol. Se oyen la música y los flashes de las cámaras, y se escuchan los corazones latir con fuerza al coger el último aliento y lanzar el último suspiro. Suenan los pasos que llegan con calma nerviosa al altar, los ojos llorar entre sonrisas, los recuerdos retumbar entre deseos y las palabras temblar entre los dientes. Se escuchan los aplausos, el chocar de las copas, las lágrimas correr por las mejillas, las fotos, las carreras para saludar y agradecer y hasta las arrugas aparecer en las camisas. Suena la alegría. Una alegría que no necesita anunciarse con campanas, pero que hoy se escucha entre campanas de boda.
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