A las diez de la mañana había un ejército invisible de cigarras que me acompañaba al cruzar el descampado. Era el anuncio de que el día iba a ser caluroso, sofocante. En unas horas los pantalones se pegaban a mis piernas y el sudor emborronaba mi visión casi como si intentara ver bajo el agua. Volver a cruzar el descampado bajo el sol me hacía sentirme como en un western de Sergio Leone. Un forajido solitario atravesando el desierto a pie con la piel quemada y cubierta de una mezcla de sudor y polvo. Y las cigarras poniendo la banda sonora.
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