Tenemos leyes para todo. Tenemos leyes que amplían otras leyes, que modifican otras leyes, que sustituyen a otras leyes. Lo tenemos todo completamente regulado para que no se nos escape nada y al final se nos escapan muchas cosas, porque no nos damos cuenta que no todo se consigue con una ley nueva, sobre todo porque una ley nueva siempre viene a sumarse a los otros miles que ya tenemos, y las importantes se diluyen entre las superfluas. En la Constitución ya se dice que todos los españoles tenemos derecho a trabajo y vivienda, algo que queda muy bonito escrito al sentar las bases de un país, pero que es imposible de cumplir, porque lo que no pensamos al escribirlas es que aplicar muchas leyes cuesta un dinero con el que no contamos o que preferimos dedicar a otra cosa. Otro ejemplo de eso es la Ley de la Dependencia, que es preciosa para levantar la pantalla del ordenador pero que el Estado no cumple por falta de fondos. A veces el lío viene por la variedad de leyes que tratan lo mismo pero son redactadas por diferentes administraciones, como en las relativas a la construcción y a urbanismo. Viene el Estado central y saca la suya, llegan las diferentes autonomías y adaptan ciertas cosas a sus necesidades y por último llegan los Ayuntamientos y les añaden lo que les interesa. En construcción hay cosas que son muy difíciles de comprobar si cumplen la ley o no, siendo a veces imposible, y me da la sensación de que lo único que se busca es la firma de un responsable que garantice el cumplimiento, alguien a quien ir a buscar en caso de problemas para que cargue con la culpa.
Lo veo como si llegado el caso descubrimos un incendio y no sabemos qué hacer primero: si llamar a los bomberos, tirarnos al suelo huyendo del humo, cerrar las ventanas, leer las instrucciones de evacuación y buscar la salida, las de uso del extintor para intentar apagarlo nosotros, buscar la alarma para que vengan a socorrernos... Está muy bien obligar a tenerlo todo tan bien señalizado y tener tantos medios, pero llegado el momento, en mitad de un incendio, a ver quién es el guapo que se para a leer las indicaciones y quién el que abre la ventana más cercana buscando aire. Sabemos qué es lo que debemos hacer, pero a veces hacer lo correcto es casi imposible.
P. D. : Me manda la foto mi hermano Alberto, que no se si estaría pensando en lo mismo al ver esta maraña de señales.
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