Sentado frente a la Torre de Oro, tomando una copa junto a los amigos me siento especial. En un lugar como éste uno puede respirar la historia, casi puede ver en una memoria de imágenes heredadas velas plegadas de barcos que casi rozan con sus barrigas el fondo del Guadalquivir, porque el oro pesa lo suyo. Oro que casi no paraba aquí y se gastaba en guerras antes de sacarse de América. Varias generaciones de españoles se repartieron por el mundo, en tierras conquistadas o heredadas por sus reyes, dejando su vida en la defensa y expansión del Imperio y la religión. Dejando su vida y cobrando la vida de otros, en una época en la que la diplomacia y los negocios se firmaban con acero. Puedo imaginar marineros saltando de los barcos y buscando gastar sus sueldos en vino y mujeres en el mismo embarcadero en el que estoy sentado ahora. Tardarán pocos días en hacerlo y pronto necesitarán volver al mar. Aquí se ha brindado durante siglos simplemente por seguir vivo, hoy brindo por todos aquellos que solo pretendían sobrevivir en tiempos difíciles, mientras miro la misma Torre del Oro que ellos vieron.
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